¿Abogado? Esto te va a interesar…

Practicar y defender la ley es una profesión común y casi universal hoy en día, pero no siempre fue así. Entonces, ¿quiénes fueron y cuándo vivieron los primeros abogados?

 

La Antigua Grecia

En cuanto a la profesión legal en occidente, los primeros practicantes de algo similar a la abogacía fueron los llamados oradores de la antigua ciudad de Atenas.

 

En sus disputas y casos, los atenienses acostumbraban defenderse a sí mismos, exponiendo como mejor pudieran su caso y elaborando frente a sus compañeros ciudadanos su propia defensa. Sin embargo, llegó a acostumbrarse también que un amigo o conocido pudiera prestar su ayuda en esta tarea a manera de favor.

Por esta razón, la ley ateniense prohibía que los oradores cobraran por sus servicios. Así, aunque muchos solían recibir pagos por debajo de la mesa, el statu quo de la ciudad impedía que se organizaran como profesionales o se presentaran a sí mismos como expertos legales, compareciendo siempre en calidad de “amigos” del acusado.

 

El Imperio Romano

La abogacía se formalizó como profesión durante el reino del emperador romano Claudio (41-54 d.C.), quien permitió que los oradores recibieran un pago por sus servicios en un caso. Sin embargo, esta compensación estaba limitada a un monto escaso, y las fuentes clásicas indican que no se ganaba buen dinero como abogado romano.

 

Es importante destacar que, en un principio, tanto los abogados como los jueces del imperio practicaban más bien el arte de la retórica, no la ley, por lo que estos puestos los ocupaban aquellos interesados en la ley como una especie de pasatiempo intelectual.

 

Aun así, pronto se desarrolló entre los romanos la figura del jurisconsulto, un ciudadano (generalmente ya adinerado) que conocía a profundidad las leyes y a quien la gente recurría para pedir consejos o asistencia legales. Fueron estos ciudadanos romanos los primeros en ocupar la mayoría de su tiempo en considerar y debatir problemas legales.

 

Como durante este tiempo su profesión no se regulaba, quien así lo quisiera podía hacerse llamar abogado, aunque claro, su credibilidad dependía de su éxito en las audiencias y de su influencia y reputación ante el pueblo.

Hacia el siglo IV, las cosas empezaron a cambiar, y se volvió más común el estudio formal de las leyes junto con el de la retórica. En el año 460, el emperador León ordenó que los nuevos abogados debían presentar recomendaciones de sus maestros para poder litigar en un juicio y formar parte de una corte.

Finalmente, hacia el siglo VI, se volvió obligatorio estudiar leyes por un periodo de al menos cuatro años para poder practicar la abogacía, surgiendo así finalmente el ejercicio formal de esta profesión.